Este será uno de mis artículos más cortos, si es que llego a considerarlo así. El otro día buscaba una librería en un centro comercial, abarrotado, vísperas de quincena. Entrando a ella, sentía la mirada incisiva y escrutadora de la dependiente la cual me hizo el protocolar estribillo atencional “le ayudo en algo señor”.
Me alborotó la curiosidad ver la tienda casi vacía, un turista anglo ojeaba un par de libros en inglés, con un sopor sepulcral el turista abandonó el ejercicio manual de pasar hojas y abandonó la tienda sin comprar nada, solo quedamos la dependiente y yo.
Me sentí atrapado de pena, una pena tonta, fina, sutil, me avergonzaba el hecho de ser el único cristiano que quedaba allí, en esa tienda llena de un festín de cultura literaria y pluralidad mental revelada por las letras.
Afuera, cientos, tal vez miles de jóvenes de mi edad, o más jóvenes salían y entraban del centro comercial con multicoloreados cartuchos de plásticos, conteniendo mercancías adquiridas en las cientos de tiendas dentro del centro.
Siempre he pensado acerca de esto, de la ingenuidad brutal de los jóvenes, de nuestra particular tendencia a ser manipulados y la facilidad que hay en hacer “lo que todo el mundo hace”. Aquí hay quizás un mea culpa implícito, porque pensándolo bien, adquirir también es hacer lo que todo el mundo hace, y comprar un libro es hacer lo que todo el mundo hace, escribirlo es mucho más diferente.
Pero hay que tener cierta dignidad para hacerlo, y respeto sobretodo, porque no vas a hacerle perder el tiempo –y el dinero- a la gente para que lean cuatro bobadas prefabricadas o plagiadas que introduzcas en una obra literaria. Es un asunto de responsabilidad y autocensura. En otra ocasión ahondaremos en esto.
Lo que me aterra y me parece horroroso es ver como somos cada vez más rebaño y menos pastores; como adquirimos cosas y no nos preocupamos por crearlas; como imitamos conductas; como preferimos creer y no pensar por nosotros mismos; como se nos olvida que lo útil y lo estético son conceptos diferentes y a veces contrapuestos; como preferimos llenar nuestra habitación de cartuchos plásticos y no de marejadas de papel de imprenta; como preferimos la cultura de plástico y no la cultura verdadera.
Me alborotó la curiosidad ver la tienda casi vacía, un turista anglo ojeaba un par de libros en inglés, con un sopor sepulcral el turista abandonó el ejercicio manual de pasar hojas y abandonó la tienda sin comprar nada, solo quedamos la dependiente y yo.
Me sentí atrapado de pena, una pena tonta, fina, sutil, me avergonzaba el hecho de ser el único cristiano que quedaba allí, en esa tienda llena de un festín de cultura literaria y pluralidad mental revelada por las letras.
Afuera, cientos, tal vez miles de jóvenes de mi edad, o más jóvenes salían y entraban del centro comercial con multicoloreados cartuchos de plásticos, conteniendo mercancías adquiridas en las cientos de tiendas dentro del centro.
Siempre he pensado acerca de esto, de la ingenuidad brutal de los jóvenes, de nuestra particular tendencia a ser manipulados y la facilidad que hay en hacer “lo que todo el mundo hace”. Aquí hay quizás un mea culpa implícito, porque pensándolo bien, adquirir también es hacer lo que todo el mundo hace, y comprar un libro es hacer lo que todo el mundo hace, escribirlo es mucho más diferente.
Pero hay que tener cierta dignidad para hacerlo, y respeto sobretodo, porque no vas a hacerle perder el tiempo –y el dinero- a la gente para que lean cuatro bobadas prefabricadas o plagiadas que introduzcas en una obra literaria. Es un asunto de responsabilidad y autocensura. En otra ocasión ahondaremos en esto.
Lo que me aterra y me parece horroroso es ver como somos cada vez más rebaño y menos pastores; como adquirimos cosas y no nos preocupamos por crearlas; como imitamos conductas; como preferimos creer y no pensar por nosotros mismos; como se nos olvida que lo útil y lo estético son conceptos diferentes y a veces contrapuestos; como preferimos llenar nuestra habitación de cartuchos plásticos y no de marejadas de papel de imprenta; como preferimos la cultura de plástico y no la cultura verdadera.