Ante tanta insensibilidad humana, vale la pena decir “réquiem” sin esperanza alguna. La coherencia no será el común denominador en este corto apéndice de una realidad devoradora que escribo para el majestuoso Guayacán en su segunda edición digital, revitalizada. Porque ante la orgía dantesca del infortunio humano vale más la estoica y prosaica crudeza del dato real y objetivo que el adorno poético. Pero también la abstracción de los temas revive en nosotros el espíritu del ideal, ¡sin duda alguna!.
Yo he visto como los seres humanos apuñalan sus propias esperanzas y reminiscencias de toda civilidad ante el chaflán seductor del dinero, el poder y los placeres humanos. La sociedad devoradora de hoy día, sin códigos materiales ni éticos, resurge de las catacumbas surrealistas kafkianas, para comportarse insensible ante el dolor y necesidades ajenas. Las utiliza del diario vivir, se estremece con mentiras, maquinaciones, escándalos, engaños, crímenes e interéses mezquinos.
¿Cúando volveremos a ser más humanos?. ¿Cúando la sociedad entenderá que nuestra lucha por vivir nuestra existencia individual depende de nuestra lucha por nuestra existencia como especie? No más importante la una ni la otra, pero unidas ineludiblemente en un simbiótico equilibrio que algunos llaman solidaridad, y los más religiosos amor al prójimo.
Somos hombres y (mujeres) de hojalata, insensibles al tacto, con un apuntalamiento materialista, con una aleación impenetrable a los sentimientos. La devoción cruel del más fuerte; impermeables al dolor ajeno. Hombres, mujeres, jóvenes, adultos, profesionales, ciudadanos comunes, políticos, ricos y pobres. Todos, todos estamos contaminados con la onda expansiva del interés individual. Y no hablo de un antagonismo pseudocomunista al estilo de los locos ideólogos de izquierda –que hay muchos de ellos- y su alergia a Locke, sino de nuestra actitud: no nos importan los problemas ajenos –tampoco hablo de ser un vouyerista metiche-, no hay sentido de la comunidad, de la pertenencia nacional, del sentido de pertenencia a nuestra especie, nuestra raza o país, nada de ello, somos burbujas marfiladas etiquetadas con un código de barra de un lector Made In Taiwan.
Normalmente no escribo así, intento ser un blogger disciplinado en la aplicación de la metodología científica aplicada a la opinión virtual, pero hay que liberarse a veces, decantarse por un reduccionismo a lo simple y tajante, sin artilugios pero con un mensaje implícito muy bien dicho, porque no hay nada en el conocimiento que antes no haya sido percibido por los sentidos. Hombres y Mujeres de hojalata, seamos más humanos.
PD: Mi sinceras disculpas a los transportistas panameños urbanos, a los malos políticos (que cada vez sean menos, espero), a los delincuentes de cuello blanco, a los padres detestables, los izquierdistas peyorativos y recalcitrantes (no los bien definidos y progresistas), y a todos los que distorsionan el fin de la humana convivencia porque este artículo es para ellos.
Yo he visto como los seres humanos apuñalan sus propias esperanzas y reminiscencias de toda civilidad ante el chaflán seductor del dinero, el poder y los placeres humanos. La sociedad devoradora de hoy día, sin códigos materiales ni éticos, resurge de las catacumbas surrealistas kafkianas, para comportarse insensible ante el dolor y necesidades ajenas. Las utiliza del diario vivir, se estremece con mentiras, maquinaciones, escándalos, engaños, crímenes e interéses mezquinos.
¿Cúando volveremos a ser más humanos?. ¿Cúando la sociedad entenderá que nuestra lucha por vivir nuestra existencia individual depende de nuestra lucha por nuestra existencia como especie? No más importante la una ni la otra, pero unidas ineludiblemente en un simbiótico equilibrio que algunos llaman solidaridad, y los más religiosos amor al prójimo.
Somos hombres y (mujeres) de hojalata, insensibles al tacto, con un apuntalamiento materialista, con una aleación impenetrable a los sentimientos. La devoción cruel del más fuerte; impermeables al dolor ajeno. Hombres, mujeres, jóvenes, adultos, profesionales, ciudadanos comunes, políticos, ricos y pobres. Todos, todos estamos contaminados con la onda expansiva del interés individual. Y no hablo de un antagonismo pseudocomunista al estilo de los locos ideólogos de izquierda –que hay muchos de ellos- y su alergia a Locke, sino de nuestra actitud: no nos importan los problemas ajenos –tampoco hablo de ser un vouyerista metiche-, no hay sentido de la comunidad, de la pertenencia nacional, del sentido de pertenencia a nuestra especie, nuestra raza o país, nada de ello, somos burbujas marfiladas etiquetadas con un código de barra de un lector Made In Taiwan.
Normalmente no escribo así, intento ser un blogger disciplinado en la aplicación de la metodología científica aplicada a la opinión virtual, pero hay que liberarse a veces, decantarse por un reduccionismo a lo simple y tajante, sin artilugios pero con un mensaje implícito muy bien dicho, porque no hay nada en el conocimiento que antes no haya sido percibido por los sentidos. Hombres y Mujeres de hojalata, seamos más humanos.
PD: Mi sinceras disculpas a los transportistas panameños urbanos, a los malos políticos (que cada vez sean menos, espero), a los delincuentes de cuello blanco, a los padres detestables, los izquierdistas peyorativos y recalcitrantes (no los bien definidos y progresistas), y a todos los que distorsionan el fin de la humana convivencia porque este artículo es para ellos.