sábado, 5 de diciembre de 2009

Bajo la sombra de El Guayacán

Muy lejos de significar una construcción metafórica, estar bajo la sombra de El Guayacán ha sido de las experiencias más significativas de toda mi vida. Hace más de un año y tantos meses los hijos de la imaginación de dos soñadores engendraron a su vez un prodigioso esquema de expresión libre y articulado a la vez; sobrio y lleno de expresión emocional en el mismo tono; y crítico pero también constructor de una opinión responsable y comprometida.

Bajo la sombra de El Guayacán he fabricado una importante introspección personal y social que de otra manera nunca se me hubiera ocurrido. Este engendro comunicacional llamado El Guayacán ha provocado una avalancha de ideas combinadas entre el criticismo responsable y el constructivismo objetivo. El sensacionalismo vulgar que repugna y que es común –tan común- en el mundo comunicacional de hoy en día no es un grato invitado a esta fiesta, y los padres de este proyecto se han encargado de rechazar cualquiera desagradable invitación en ese sentido.

La verdad es lo que es, y la verdad de El Guayacán es una libertad duradera, sin ataduras ni moldes prefabricados, sin direcciones y sin instrucciones egoístas, El Guayacán no es un medio dirigido ni a una satisfacción personal ni a un interés materialista que justifica cualquier fin. No, no lo es, no es ese brazo hipócrita al servicio del primer filibustero que quiera manipular información a cambio de una chequera certificada.

El Guayacán es una verdadera iluminación del ingenio humano, pero más del atrevimiento y de la temeridad, de esas ideas riesgosas que de cuando en cuando los seres humanos hacemos realidad, pero que tienen el rédito de permanecer eternas en el universo de nuestros pensamientos.

viernes, 14 de agosto de 2009

El hombre de hojalata

Ante tanta insensibilidad humana, vale la pena decir “réquiem” sin esperanza alguna. La coherencia no será el común denominador en este corto apéndice de una realidad devoradora que escribo para el majestuoso Guayacán en su segunda edición digital, revitalizada. Porque ante la orgía dantesca del infortunio humano vale más la estoica y prosaica crudeza del dato real y objetivo que el adorno poético. Pero también la abstracción de los temas revive en nosotros el espíritu del ideal, ¡sin duda alguna!.

Yo he visto como los seres humanos apuñalan sus propias esperanzas y reminiscencias de toda civilidad ante el chaflán seductor del dinero, el poder y los placeres humanos. La sociedad devoradora de hoy día, sin códigos materiales ni éticos, resurge de las catacumbas surrealistas kafkianas, para comportarse insensible ante el dolor y necesidades ajenas. Las utiliza del diario vivir, se estremece con mentiras, maquinaciones, escándalos, engaños, crímenes e interéses mezquinos.

¿Cúando volveremos a ser más humanos?. ¿Cúando la sociedad entenderá que nuestra lucha por vivir nuestra existencia individual depende de nuestra lucha por nuestra existencia como especie? No más importante la una ni la otra, pero unidas ineludiblemente en un simbiótico equilibrio que algunos llaman solidaridad, y los más religiosos amor al prójimo.

Somos hombres y (mujeres) de hojalata, insensibles al tacto, con un apuntalamiento materialista, con una aleación impenetrable a los sentimientos. La devoción cruel del más fuerte; impermeables al dolor ajeno. Hombres, mujeres, jóvenes, adultos, profesionales, ciudadanos comunes, políticos, ricos y pobres. Todos, todos estamos contaminados con la onda expansiva del interés individual. Y no hablo de un antagonismo pseudocomunista al estilo de los locos ideólogos de izquierda –que hay muchos de ellos- y su alergia a Locke, sino de nuestra actitud: no nos importan los problemas ajenos –tampoco hablo de ser un vouyerista metiche-, no hay sentido de la comunidad, de la pertenencia nacional, del sentido de pertenencia a nuestra especie, nuestra raza o país, nada de ello, somos burbujas marfiladas etiquetadas con un código de barra de un lector Made In Taiwan.

Normalmente no escribo así, intento ser un blogger disciplinado en la aplicación de la metodología científica aplicada a la opinión virtual, pero hay que liberarse a veces, decantarse por un reduccionismo a lo simple y tajante, sin artilugios pero con un mensaje implícito muy bien dicho, porque no hay nada en el conocimiento que antes no haya sido percibido por los sentidos. Hombres y Mujeres de hojalata, seamos más humanos.

PD: Mi sinceras disculpas a los transportistas panameños urbanos, a los malos políticos (que cada vez sean menos, espero), a los delincuentes de cuello blanco, a los padres detestables, los izquierdistas peyorativos y recalcitrantes (no los bien definidos y progresistas), y a todos los que distorsionan el fin de la humana convivencia porque este artículo es para ellos.

domingo, 26 de abril de 2009

La cultura plástico

Este será uno de mis artículos más cortos, si es que llego a considerarlo así. El otro día buscaba una librería en un centro comercial, abarrotado, vísperas de quincena. Entrando a ella, sentía la mirada incisiva y escrutadora de la dependiente la cual me hizo el protocolar estribillo atencional “le ayudo en algo señor”.

Me alborotó la curiosidad ver la tienda casi vacía, un turista anglo ojeaba un par de libros en inglés, con un sopor sepulcral el turista abandonó el ejercicio manual de pasar hojas y abandonó la tienda sin comprar nada, solo quedamos la dependiente y yo.

Me sentí atrapado de pena, una pena tonta, fina, sutil, me avergonzaba el hecho de ser el único cristiano que quedaba allí, en esa tienda llena de un festín de cultura literaria y pluralidad mental revelada por las letras.

Afuera, cientos, tal vez miles de jóvenes de mi edad, o más jóvenes salían y entraban del centro comercial con multicoloreados cartuchos de plásticos, conteniendo mercancías adquiridas en las cientos de tiendas dentro del centro.

Siempre he pensado acerca de esto, de la ingenuidad brutal de los jóvenes, de nuestra particular tendencia a ser manipulados y la facilidad que hay en hacer “lo que todo el mundo hace”. Aquí hay quizás un mea culpa implícito, porque pensándolo bien, adquirir también es hacer lo que todo el mundo hace, y comprar un libro es hacer lo que todo el mundo hace, escribirlo es mucho más diferente.

Pero hay que tener cierta dignidad para hacerlo, y respeto sobretodo, porque no vas a hacerle perder el tiempo –y el dinero- a la gente para que lean cuatro bobadas prefabricadas o plagiadas que introduzcas en una obra literaria. Es un asunto de responsabilidad y autocensura. En otra ocasión ahondaremos en esto.

Lo que me aterra y me parece horroroso es ver como somos cada vez más rebaño y menos pastores; como adquirimos cosas y no nos preocupamos por crearlas; como imitamos conductas; como preferimos creer y no pensar por nosotros mismos; como se nos olvida que lo útil y lo estético son conceptos diferentes y a veces contrapuestos; como preferimos llenar nuestra habitación de cartuchos plásticos y no de marejadas de papel de imprenta; como preferimos la cultura de plástico y no la cultura verdadera.